Dear Esther y la revolución independiente.

Hoy en día, podemos decir que estamos más acostumbrados a la existencia de los juegos independientes, o al menos aquellas personas que disfrutamos de jugar constantemente; sin embargo resulta un hecho casi sin precedentes que se vio respaldado por la creación de diversas plataformas de distribución en línea, llámese Steam, OnLive o Xbox Arcade.

Si recorremos una década en el pasado, podríamos encontrar una industria de videojuegos meramente basada en la comercialización, cuyas obras eran dictadas tanto por las publicadoras, patrocinios e incluso las empresas que regían el mercado, en los viejos tiempos de Nintendo, Sony y Sega.

La entrada de los juegos independientes comienza durante la década de los años noventa, a partir de la ya establecida tecnología de las computadoras personales, lo cual permitió a programadores diseñar juegos simples con buenos apartados creativos.

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Super Robin Hood, creado por los hermanos Oliver en 1985.

Es dificil precisar cuál ha sido el primer videojuego independiente de la historia, aunque considero hacer mención honorífica a los gemelos Philip y Andrew Oliver, célebres desarrolladores de juegos de vídeo para computadora en el año de 1983, mientras aún estudiaban la escuela. Su primer videojuego fue conocido como “Super Robin Hood” en el año de 1985.

Apartir de entonces, la coexistencia de los juegos independientes ha ido en aumento, principalmente con el desarrollo de los motores flash, que permitió la creación de juegos simples para navegador, dando pie a múltiples creaciones artísticas que elevaron por los cielos páginas web como miniclip o newgrounds, propiciando un “ecosistema” en el cual, géneros como el de “plataformas” o el clásico “matamarcianos” pudieron competir libremente contra una industria cuya innovación parecía estancarse en el motor gráfico y la “hiper-realidad”.

Sin embargo, durante el final de la primera década de los 2000 y el principio de la segunda década, la aparición de los videojuegos indie se hizo presente en consolas de sobremesa, con la llegada del xbox 360 y el PS3, que facilitaron la distribiución de contenido jugable a través de descarga por internet, en sus respectivos softwares: Playstation Network y Xbox Live Arcade, dando un impresionante salto de la computadora al mando.

El desarrollo de nuevas tecnologías y la falta de presión por parte de publicadores permitió la difusión de videojuegos independientes de mayor calidad, que no necesariamente se enfocaban en una presentación gráfica deslumbrante, sino en la manera en la que controlamos al videojuego, a diferencia de los proyectos de estudio. Esta innovación en el campo abrió una brecha cultural que nos permite ahora cuestionarnos si los videojuegos pueden pertenecer al ámbito artístico o son un mero entretenimiento humano.

En 1998 salió a la venta el mejor videojuego de la historia, según la crítica especializada: The Legend of Zelda Ocarina of Time. Marco un punto y aparte gracias a un elegante apartado gráfico, ensueño de las consolas de su época, además de permitir romper con los límites antes establecidos y viajar a través de una vasta tierra inexplorada. Los paradigmas entonces se agrandaron gracias a la magistral obra de Shigeru Miyamoto. ¿Es The Legend of Zelda una obra de arte?

En mi humilde opinión, no lo es.

Es probable que Zelda haya empujado los límites de la creatividad y la experimentación en consolas hasta de manera inimaginable en aquella época, sin embargo no podemos perder de vista que su función narrativa siempre fue circundante al hecho de contar una historia “para divertir”, sin una función de reconocimiento de una sociedad sensible, o dicho de otra manera, que no expresa nada más allá de lo que ves, a diferencia de su “secuela” Majora’s Mask (que por eso la defiendo tanto). Es este punto de ruptura   el que establece una diferencia un poco más grande entre los videojuegos indie modernos y los videojuegos de estudio: El videojuego independiente, desarrollado por un grupo más pequeño (o incluso una sola persona), no padece de las exigencias que un publicador o una empresa determina para salir a la venta, lo cual le proporciona libertad al desarrollador para expresar la idea que tiene en mente, de una manera enteramente artística.

Por lo general, los videojuegos independientes suelen estar cargados de mucho más contenido a manera de analogías o metáforas que nos revelan parcialmente la idea que se esconde atrás del apartado gráfico. Me gusta excusar de esta manera a Jonathan Blow, desarrollador del magnífico juego “Braid”, cuya persona ha sido calumniada en diversos foros y redes sociales, por tratar de ampliar la conciencia del jugador sobre la historia atrás de dicho juego, que suele ser tremendamente profunda.

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Braid, desarrollado por Jonathan Blows, poseía una temática enteramente profunda y crítica de las acciones que cometemos en pro de nuestros ideales.

Por el otro lado, tenemos a lo que yo podría llamar en este momento el mejor juego independiente de la historia, y eso es decir mucho.

Dear Esther se caracteriza por una interactividad basada únicamente en la atención que presta el jugador al diálogo de la historia, en las notas encontradas por todo el juego y a la referencias alegóricas escritas en las paredes con esa extraña pintura que brilla en la oscuridad; por todo lo demás carece de una jugabilidad común. No faltan aquellos que lo califican como un “simulador de paseos” sin tener en cuenta la reinvención de la manera en la que realmente jugamos, pues no deja de ser interactivo en ningún sentido. Su belleza tanto gráfica como narrativa nos trae a la mente fragmentos de películas de Andrei Tarkovsky, donde la introspección resulta fundamental a la hora de contar una historia desgarradora sobre arrepentimiento y redención, pero ojo, jugando el juego una sola vez y con la mentalidad incorrecta, es probable que tú, querido lector, no puedas soportar tan magnifica obra de arte. Antes que nada, debemos sacarnos los Call of Duty, los League of Legends, los Minecraft, los Gears y hasta los Zeldas si queremos llegar a apreciar esta joya en todo su esplendor, pues te aseguro, jamás habrás jugado algo parecido en tu vida.

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El apartado tanto gráfico como narrativo hacen de Dear Esther una obra compleja y sublime que eleva el videojuego hasta el terreno del arte.

¿Es Dear Esther una obra de arte? En mi humilde opinión, lo es; y es esa misma razón por la que no lo recomiendo. Resulta tan atemporal, tan adelantado a su época, o al mismo tiempo una propuesta tan revolucionaria que no le encuentro cabida en un mundo que aún comprende videojuego como “el jueguito de disparos”. Dear Esther no te divertirá, es más, resultará probable que al terminar el juego y si no lo has hecho bien, resultes con una depresión muy profunda. Hoy, es el banderín que nos indica que este entorno está cambiando y ya son muchos los desarrolladores que han comenzado a dar rienda suelta a su creatividad e intiman en el paso que ese magnifico pedazo de obra maestra a dejado atrás.

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